Coco Zavala
Autor: Coco Zavala
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Consultora Mindfulness
Coco Zavala tiene especialidad en justicia alternativa, practicas restaurativas, sistema penal acusatorio, competencias y habilidades de mediador, sabiduría para curarse del sufrimiento y consultora de Mindfulness Transpersonal.
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Si siembras un pensamiento cosecharas una acción,

Si siembras una acción cosecharás un hábito,

Si siembras un hábito cosecharás un carácter,

Si siembras un carácter cosecharás un destino.”

El Tibetano.

En el mes de Mayo de 2016, que acepté la invitación para dar clases de Yoga en un deportivo municipal de San Luis Potosí, me llamaba la atención que al final de la clases, se acercaban alumnas y alumnos para comentarme que la clase les gustaba mucho, pero sentían un poco de incomodidad y sobre todo culpa, por invertir esa hora de su tiempo en su persona, ya que podrían estar planchando, cuidando a los nietos, aseando la casa, terminando algún trabajo en la oficina….y así, enumeraban diversas actividades, pero siempre éstas eran en función de otros y no de ellos mismos. Lo que me llevó a reflexionar que su vida giraba en torno a “dar”, pero no a “recibir”, por lo que comencé a utilizar el enfoque de atención plena o Mindfulness, que al paso de los meses comenzaron a dar frutos maravillosos en el grupo.

Pero retomando, esta forma de sentir no es extraña ni nueva. La vemos y escuchamos en lo cotidiano, siendo esa corriente de pensamiento generadora, en muchos de los casos, de los conflictos que se gestan en diversos  núcleos, ya que el que da, espera un reconocimiento en lo interno, en lo callado, pero no se atreve a pedirlo. Genera expectativas que al no materializarse, le generan sufrimiento.

Cuando nuestras acciones las realizamos en función de otros, desconectados de nosotros mismos, de nuestro centro y alejados del amor, es imposible sentirnos bien y merecedores de algo mejor; ya que nuestra satisfacción va en función de que el otro esté bien, y me dejo en el último lugar de la fila, porque así me educaron, porque socialmente es lo correcto, de lo contrario sería egoísta; y vamos por la vida oscilando entre la ansiedad y la depresión, con vacíos que no sabemos explicar, con miedos que enferman, porque lo que nuestra boca calla, nuestro cuerpo lo grita; y seguimos en ese frenesí de dar hacia afuera, de cuidar a otros, olvidándonos de mirar hacia adentro, porque no sabemos, nadie nos enseñó, llegando a sentir lo que en Mindfulness se conoce como “la fatiga de la compasión”.

Pero, cuando hacemos un alto en el camino y nos situamos en el momento presente, en nuestro aquí y ahora, volteamos a vernos desde el amor compasivo a nuestro Ser; entendemos que nadie puede dar lo que no tiene, y que para que los demás estén bien, tengo que estar bien primero yo; que para acceder a un estado de bienestar, tengo que sentirme y creerme que merezco todo lo bueno que Dios o el Universo tienen para mí, y comienzan a suceder pequeños milagros, la salud mejora, las relaciones cambian, las condiciones financieras se estabilizan y se potencian; se presta atención a las oportunidades que la vida presenta, porque se ha entendido que es en la vulnerabilidad donde reside la fuerza, y que no es necesario desgastarse demostrando que tan fuerte o capaz se es, porque me percato que Soy un infinito pozo de amor, porque me he reconocido. Sé que soy una criatura maravillosa, con un potencial infinito,  y ahora  me amo y acepto con mis luces y mis sombras, y en ese estado de conciencia y merecimiento abro mis manos, porque he aprendido que mientras una mano da, tengo la otra abierta para recibir, sin culpas, sin miedos, y con plena conciencia de que merezco lo que me corresponde, y entonces, en ese silencio interior escucharé por primera vez, mi Voz.

 

“Dar para recibir “

“Si siembras un pensamiento cosecharas una acción,

Si siembras una acción cosecharás un hábito,

Si siembras un hábito cosecharás un carácter,

Si siembras un carácter cosecharás un destino.”

El Tibetano.

En el mes de Mayo de 2016, que acepté la invitación para dar clases de Yoga en un deportivo municipal de San Luis Potosí, me llamaba la atención que al final de la clases, se acercaban alumnas y alumnos para comentarme que la clase les gustaba mucho, pero sentían un poco de incomodidad y sobre todo culpa, por invertir esa hora de su tiempo en su persona, ya que podrían estar planchando, cuidando a los nietos, aseando la casa, terminando algún trabajo en la oficina….y así, enumeraban diversas actividades, pero siempre éstas eran en función de otros y no de ellos mismos. Lo que me llevó a reflexionar que su vida giraba en torno a “dar”, pero no a “recibir”, por lo que comencé a utilizar el enfoque de atención plena o Mindfulness, que al paso de los meses comenzaron a dar frutos maravillosos en el grupo.

Pero retomando, esta forma de sentir no es extraña ni nueva. La vemos y escuchamos en lo cotidiano, siendo esa corriente de pensamiento generadora, en muchos de los casos, de los conflictos que se gestan en diversos  núcleos, ya que el que da, espera un reconocimiento en lo interno, en lo callado, pero no se atreve a pedirlo. Genera expectativas que al no materializarse, le generan sufrimiento.

Cuando nuestras acciones las realizamos en función de otros, desconectados de nosotros mismos, de nuestro centro y alejados del amor, es imposible sentirnos bien y merecedores de algo mejor; ya que nuestra satisfacción va en función de que el otro esté bien, y me dejo en el último lugar de la fila, porque así me educaron, porque socialmente es lo correcto, de lo contrario sería egoísta; y vamos por la vida oscilando entre la ansiedad y la depresión, con vacíos que no sabemos explicar, con miedos que enferman, porque lo que nuestra boca calla, nuestro cuerpo lo grita; y seguimos en ese frenesí de dar hacia afuera, de cuidar a otros, olvidándonos de mirar hacia adentro, porque no sabemos, nadie nos enseñó, llegando a sentir lo que en Mindfulness se conoce como “la fatiga de la compasión”.

Pero, cuando hacemos un alto en el camino y nos situamos en el momento presente, en nuestro aquí y ahora, volteamos a vernos desde el amor compasivo a nuestro Ser; entendemos que nadie puede dar lo que no tiene, y que para que los demás estén bien, tengo que estar bien primero yo; que para acceder a un estado de bienestar, tengo que sentirme y creerme que merezco todo lo bueno que Dios o el Universo tienen para mí, y comienzan a suceder pequeños milagros, la salud mejora, las relaciones cambian, las condiciones financieras se estabilizan y se potencian; se presta atención a las oportunidades que la vida presenta, porque se ha entendido que es en la vulnerabilidad donde reside la fuerza, y que no es necesario desgastarse demostrando que tan fuerte o capaz se es, porque me percato que Soy un infinito pozo de amor, porque me he reconocido. Sé que soy una criatura maravillosa, con un potencial infinito,  y ahora  me amo y acepto con mis luces y mis sombras, y en ese estado de conciencia y merecimiento abro mis manos, porque he aprendido que mientras una mano da, tengo la otra abierta para recibir, sin culpas, sin miedos, y con plena conciencia de que merezco lo que me corresponde, y entonces, en ese silencio interior escucharé por primera vez, mi Voz.